En Nicaragua, en la cordillera volcánica que divide en dos al país y rodeado por sus hermanos mayores, Telica y San Cristóbal, se encuentra el volcán Cerro Negro.
Ya desde la distancia se puede apreciar el contraste entre sus laderas y el entorno que lo rodea, pues en apenas unos metros los árboles y arbustos dejan paso a la tierra volcánica, negra. Las últimas de esas piedras fueron expulsadas en las últimas erupciones de 1995 y 1999. Desde entonces el volcán permanece dormido.
No hay señales, ni caminos. Nada invita a querer subir. Las piedras son duras, porosas y se deslizan hacia abajo según las pisas. El terreno es empinado y es necesario ayudarse de las manos para no resbalar. La subida se hace algo difícil en algunos tramos, sobre todo a la mitad y no tienes ninguna referencia para guiarte. Nuestros pasos no dejan rastros en las piedras por lo que el único camino es hacia arriba, sin más, hasta llegar a la cima. En la parte final, casi llegando arriba se empieza a notar un olor como a azufre, suave al principio y más fuerte según nos acercamos.
El cráter no es nada espectacular, apenas se distingue de todo lo demás salvo por las pequeñas fumarolas que fluyen al exterior. Todo está en calma, sólo el sonido del fuerte viento y el ruido de algunas rocas que siguen deslizándose ladera abajo rompen el silencio espectral de la cima del volcán. Es el momento de relajarse y descansar unos minutos. Las vistas son espectaculares, justo enfrente puede verse el volcán Telica y detrás el San Cristóbal, ambos mucho mas altos que el Cerro Negro. Desde aquí arriba también vemos el océano Pacífico.
Pero no hay que olvidar que nos encontramos sentados en el cráter de un volcán, dormido si, pero activo. Debajo de nosotros, a miles de metro de profundidad el magma fluye a cientos de grados de presión buscando constantemente un lugar por donde salir. Y si finalmente encuentra esa enorme y vieja tubería vertical hacia el exterior y ésta resulta ser la del Cerro Negro, preferiría que no me encontrara a mi sentado en el borde del cráter mirando ensimismado el océano y las montañas de alrededor. Sería el clásico ejemplo de estar en el lugar inadecuado en el momento inadecuado. Así que llega el momento de empezar el descenso.
Normalmente las bajadas de una montaña suelen ser mucho más rápidas que las subidas, pero en el caso del Cerro Negro las proporciones se disparan. Si para subir empleamos unos 40 ó 50 minutos, la bajada se hace en menos de 10, aunque tampoco conviene hacerla en menos de un minuto si queremos llegar al suelo de una pieza, y doy fe de que se puede. Y es que el Cerro Negro es uno de los pocos volcanes del mundo que pueden bajarse surfeando. El hecho de que las piedras volcánicas no se sustenten unas con otras, y que nos complicó la subida sobremanera, hacen que la bajada sea una autentica gozada y muy divertida, aunque no se disponga de una tabla y nos tengamos que deslizar simplemente sobre nuestras botas. Pero como he dicho hay que tener cuidado, pues la ladera tiene mucha pendiente y si nos cayéramos no podríamos detenernos hasta llegar abajo. Así que con cuidado, respeto y usando de vez en cuando lo que en el argot técnico llamamos técnica del “culling”, es decir, deslizándose con el culete, llegamos sanos y salvos hasta los pies del volcán.
La subida (y la bajada) al Cerro Negro es toda una aventura. No tiene mucha dificultad pero hay que ir con precaución, muy aconsejable ir con guía. Botas y pantalones largos obligatorios para protegerse de las magulladuras. Se debe tener en cuenta también que las piedras volcánicas desprenden mucho polvo, por lo que inevitablemente acabaremos algo sucios. Y por encima de todo tener muy presente que se trata de un volcán activo.
Aquí os dejo algunas fuentes, enlaces y datos interesantes sobre el Cerro Negro. Espero que os haya gustado. Hasta la próxima.